Dos elementos que deben tomarse muy en cuenta en
el mundo de las franquicias, y en los negocios en general, son los
que tienen que ver con las desventajas y proyecciones.
El franquiciatario debe entender que el hecho de invertir un
determinado capital no lo convierte automáticamente en el
dueño del negocio. Su dinero claro que vale, pero tiene
limitaciones.
Por ejemplo: ¿qué sucede cuando un
franquiciante le dice a algún inversionista poderoso que no
lo acepta como franquiciatario? Es un conflicto, porque éste
puede inclusive valer más que la compañía. Sin
embargo, el franquiciante es el verdadero dueño de la marca,
y es, además, el que determina su cadena de negocios.
Él sabe quién entra y quién no, considerando
factores que van mucho más allá del estrictamente
financiero.
También existen los posibles
franquiciatarios que preguntan qué va a pasar si le va mal
al dueño del negocio. Son inversionistas deseosos por saber
las ventajas de capacitación, tecnología,
asesorías, etcétera, lo que obtendrán al
arriesgar su dinero en una determinada franquicia. Con sobrada y
justa razón, quieren saber hasta qué grado el
franquiciante está comprometido con el negocio.
Pensar que en este ámbito las cosas se dan siempre
fácilmente, es estar fuera de la realidad. Es tan ingenuo
como la mujer enamorada que piensa que al casarse con el hombre de
sus sueños tiene la vida resuelta, y el sustento nunca
podrá faltar porque él es un ser omnipotente y
siempre estará con ella.
Hay franquicias que después de trabajar
durante años sin contar con un plan estratégico,
deciden hacer un alto en el camino para rectificar, trabajar en la
profesionalización del negocio, corregir la estructura de su
organización interna, rehacer contratos, institucionalizarse
y seguir creciendo. Unos pasos atrás para tomar
impulso.
Existen también otros casos graves en los
que la franquicia no funcionó, debido a que el franquiciante
o el franquiciatario no entendieron cuál era su
papel.
Es por esto que para desarrollar una buena
relación de negocios, uno de los puntos fundamentales es
igualar las expectativas de éxito. Lo que es lo mismo:
entender, antes que nada, el objetivo que deseamos alcanzar
mediante el negocio.
Igualar las expectativas significa que debemos
primero definir qué es el éxito para cada una de las
partes. Porque si para el franquiciante significa tener una cadena
de ochocientos franquiciatarios, pero el inversionista piensa en
doscientos para garantizar que se le brinde buena atención,
entonces difícilmente podrá haber un acuerdo.
A menos, claro, que exista la garantía de brindar la misma
calidad de atención en los ochocientos establecimientos,
así como beneficios como el amplio posicionamiento de marca,
ahorros por tomar parte en una economía de escala,
etcétera.
Para que las expectativas de éxito sean iguales, lo primero
que hay que hacer antes de comenzar el negocio conjunto, es definir
lo que significa el éxito para cada una de las partes,
así como para la empresa. Y una vez hecho esto, se deben
comparar las definiciones para ver si es posible ajustar los
intereses.
Porque las franquicias no están hechas para satisfacer a
todos. Y como dice el refrán: “A fuerza ni los zapatos
entran”.
Si las maneras de entender el éxito son incompatibles, lo
mejor es buscar por otro lado.
Lo cual, por supuesto, no significa que uno tenga razón y el
otro no. Simplemente somos diferentes, y por lo mismo pensamos,
vemos, sentimos y actuamos de una forma distinta. Termino esta
participación con una frase de Confucio, uno de los
más grandes filósofos chinos que dice “Por
naturaleza, los hombres son muy parecidos entre sí. Son el
saber y la experiencia lo que los
diferencia”.